Anoche fui hasta donde los depósitos de agua, o lo que creo que son unos depósitos de agua, porque es la primera vez que tengo que referirme a ellos y, aunque llevo años viendo esas dos estructuras de hormigón, nunca me había preguntado qué son. ¿A quién podría consultárselo? Fue el olor a podrido lo que me hizo parar en seco y observar. Imaginé que procedía del diminuto riachuelo de agua semiestancada que se había formado entre los depósitos y el río. Me senté sobre un trozo de hierba seca, mirando hacia el agua. En esta época no hace falta llevar nada para sentarse porque el suelo no está húmedo. Tampoco estaban húmedos los árboles de esa parte del río. No estaban húmedos porque estaban muertos, en estado de descomposición. Me di cuenta después de llevar allí sentada un rato: el olor salía de los árboles, no del agua. Era un olor con el que no estaba familiarizada del todo, como a podredumbre, sí, pero mezclado con una fragancia casi dulce que ayudaba a soportarlo. Como había algo de luna, vi partes de los árboles que emitían esa peste. Estaban completamente desnudos, cosa rara en esta época. Me acerqué a uno y lo toqué. Un trozo de corteza se cayó con apenas rozarlo, casi desintegrándose al tacto. Aunque el olor era fuerte, no me desagradaba del todo. Entonces oí un ruido que se repetía de forma casi rítmica. Al principio, pensé que era algún ave nocturna apostada en uno de los árboles en descomposición. Pero, tras varias repeticiones, me di cuenta de que el sonido procedía del tronco de los árboles, como del interior. Me levanté y me acerqué a uno para posar la oreja sobre el tronco. Sentí al instante una vibración que me recorrió todo el cuerpo, haciéndome vibrar a mí también por dentro. Como la sensación me gustó, apoyé ambas manos sobre el tronco y sentí la vibración aún con más fuerza. Aguanté la respiración todo lo posible para escuchar mejor. Además de la vibración, me pareció oír unos tenues murmullos que no callaban en ningún momento. Cuando ya no podía aguantar más la respiración, volví a coger aire a la vez que me soltaba completamente del tronco. Luego me tumbé bocarriba sobre la hierba y me quedé escuchando el ruido. Sin darme cuenta, aquel ritmo me fue empujando suavemente hasta un sueño profundo y limpio del que no desperté hasta que la primera luz del día comenzó a peinar las aguas del río, que fue también cuando el ruido se fue apagando poco a poco. No tengo claro si me despertaron los primeros rayos de luz o el silencio que dejó el ruido al callarse. El caso es que al observar los árboles con aquella luz primeriza, los vi robustos, fuertes, llenos de vida, con las ramas llenas de hojas verdes y húmedas que bailaban con la primera brisa de la mañana. Inspiré con fuerza, pero no encontré la leve pestilencia que había olido durante las horas de la noche, solo el olor a río y hierba fresca. ¿Me lo habré imaginado? ¿Lo soñaría todo? Nunca había tenido una experiencia tan vívida que luego fuese simplemente un producto de mi mente.
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