La calle estaba prácticamente oscura. Un par de farolas, las únicas que todavía funcionaban, eran las responsables de alumbrarla. Pero eso no me suponía ningún problema, ya que había hecho ese recorrido prácticamente a diario desde que mis padres me dejaron ir sola a su casa, cuando todavía no había entrado al instituto. Es cierto que hacía unos cinco años desde que no pasaba por allí, pero hay cosas que nunca se olvidan, y para mí una de ellas era ese camino. Conforme me acercaba, vislumbré una luz azul en una de las ventanas del segundo piso. Era la suya. El resto de la casa estaba en completa oscuridad. Al llegar a la puerta estuve a punto de llamar al timbre, pero el pesado silencio que rodeaba toda la zona me frenó. Me veía incapaz de atravesarlo, así que decidí escribirle al móvil. Aunque ante esa opción no me sentía libre de miedo, llevábamos sin vernos ni hablar desde hacía unos tres años y sabía que no esperaba que apareciese en su casa sin avisarlo.
«Estoy en tu puerta». Eso fue lo único que me atreví a escribir.
Era imposible saber si me había leído, ni tan siquiera podía intuir si estaba conectado, así que durante unos instantes temí que estuviese dormido y me tocase llamar al timbre. Habían pasado un par de minutos cuando me alejé de la puerta para mirar hacia su ventana. Vi lo mismo que al llegar a la casa: una luz azul. La persiana estaba subida y las cortinas descorridas, pero no se dibujaba ninguna silueta. Me disponía a volver a la puerta cuando, antes de dar dos pasos, se abrió despacio y muy poco, pero lo necesario para ver que había una persona mirando hacia mí. El interior del recibidor estaba totalmente oscuro, así que tuve que suponer que era él. No podía ser otra persona, allí ya no vivía nadie más. No sin echarle un poco de valor, me acerqué lentamente a la entrada sin apartar los ojos de aquella sombra. Cuando estuve lo bastante cerca, distinguí su cara y sentí que relajaba todos los músculos que había estado tensando inconscientemente. Creo que se dio cuenta de mi estado, porque me tendió la mano y me guio hasta el interior.
—Sabía que acabarías apareciendo —dijo después de cerrar la puerta y echar el cerrojo.
—¿Cómo no iba a venir? Vale que no hablamos nunca, pero en una situación así, ¿qué menos? Tampoco soy tan insensible.
—No te pongas a la defensiva nada más llegar. Me refería a que sabía que te plantarías aquí, a que un mensaje no te iba a valer. No tienes punto medio.
—¿Por qué dices eso? —le pregunté, intentado ocultar que seguía detrás de mi muro de diez metros.
—¿Tú qué crees? Porque desapareces y apareces según te da.
No tuve respuesta para aquello y, a decir verdad, había hecho la pregunta por hacerla, porque sabía perfectamente a lo que se refería.
—Bueno, no he venido para que hablemos de mí. ¿Cómo estás?
Sabía que era una pregunta muy tonta teniendo en cuenta las circunstancias.
—Si te respondo como a todo el mundo que me pregunta eso, no te lo vas a tragar, ¿verdad? —dijo con una sonrisa irónica.
—Claro que no. Llevaré años sin verte, pero no creo que hayas cambiado tanto.
Conforme terminaba aquella frase pude notarlo. Una oleada de tristeza que había intentado mantenerse oculta pero que, finalmente, no podía refrenarse y había empezado a levantarse con tanta fuerza que me hundió con ella y me llevó hasta lo más profundo de las tinieblas que tan bien conocía. No quise resistirme, sabía a lo que había ido y sabía lo que iba a encontrarme en aquella casa, aunque eso no lo hiciese menos doloroso. Me acerqué a él y lo abracé. Durante los primeros instantes, no me devolvió el abrazo, se limitó a quedarse allí plantado, sin decir nada, conteniendo la respiración. Sabía que no estaba acostumbrado a verme hacer ese tipo de cosas y que eso lo había paralizado, pero en cuanto lo llevé tiernamente hacia mí, sentí cómo bajaba la guardia. Al principio fue solo un sollozo casi mudo, amortiguado por mi hombro, pero, conforme pasaban los segundos y seguíamos abrazados, el sollozo se transformó en llanto, primero suave y después desgarrador. Jamás lo había visto llorar. Lo conocía desde los tres años, 27 años de amistad y nunca había visto a mi mejor amigo llorar por nada en el universo. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos en esa posición. Probablemente menos del que ahora recuerdo, pero en aquel momento me pareció toda una vida. No quería ser yo la primera en romper el abrazo, así que esperé hasta que él, ya prácticamente calmado, se separó de mí mientras se secaba la cara con la manga de la sudadera.
—Perdona —se disculpó sin mirarme—, pero al final tenía que explotar. Me parecía raro no haberlo hecho ya. Estaba rayándome porque empezaba a pensar que no tenía sentimientos o algo.
—A ver, siempre has sido un poco pasota, pero no estás muerto por dentro, hombre —respondí intentando usar un tono cómico.
—Tampoco es que tú seas la persona más expresiva del mundo —contestó, correspondiéndome con el mismo tono.
—Vamos a dejar de tirarnos pullitas. ¿Podemos sentarnos o vamos a quedarnos aquí plantados toda la noche?
—Vamos a mi cuarto. Es el único sitio de la casa donde puedo estar. El resto de habitaciones me recuerdan a ellos constantemente.
Lo seguí escaleras arriba casi a tientas, pues parecía negarse a encender ninguna luz. Me daba la sensación de que se había instalado en esas tinieblas y que se negaba a salir de ellas. Ya en el pasillo del segundo piso distinguí la luz azul que había visto desde la calle. Salía discretamente por la rendija que había entre la puerta de su habitación y el suelo. Abrió la puerta y la luz me nubló la vista durante un instante. Cuando mis ojos se adaptaron, no quise pensármelo dos veces y me adentré dejándome llevar, no sin cierto temor, por lo que pudiese encontrar dentro de aquel universo que parecía haberlo atrapado.

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